martes, 23 de febrero de 2010

LA MÚSICA DE LOS IMPERIALES

Enredada y perdida en las gotas de la lluvia, la melancolía es música que vuelve esta tarde de invierno y se posa en mi interior con la docilidad de un frágil petirrojo aterido de frío. Yo le doy calor y, de repente, se inflama mi nostalgia con el eco lejano de un grupo musical que, hace ya cuatro décadas, sonaba en los veranos de mi pueblo natal interpretando melodías y hermosas canciones de una época feliz que alguien denominó la década prodigiosa. Eran los años del tardofranquismo y, en el bellísimo pueblo de Belmez, unos chavales muy jóvenes, casi niños, formaron un grupo moderno excepcional que interpretaba música del momento (canciones, entre otras, de Beatles, Brincos, o Bravos) con muchísimo estilo y un desparpajo apabullante. Ahora el frío y el baile de las gotas de la lluvia en la calle brumosa me arañan, me transportan, paradójicamente, a un verano de los 60. Me encuentro sentado en la terraza vespertina de la Ponderosa, el bar de Pascual Blasco, donde, por entonces, los jóvenes del pueblo tomaban gozosos los primeros cuba-libres y, a la vez, fumaban cigarros emboquillados que concedían un aire sicodélico a quienes los sostenían entre sus dedos con un ensayado aire de derrota o de dejadez plomiza, soñolienta.

Yo, en ese momento, verano del 68, ni siquiera soy joven: soy un niño de once años y mi mayor sueño, ahora, es ser mayor, para poder entrar por fin al baile que organiza Pascual, el dueño de la Ponderosa. Si me concentro y me hundo en ese instante, llego a oler claramente la fresa de mis dedos manchados de polo. Frente a mí, justo en la barra atestada de gente, los ojos de Gregorio (el inolvidable padre de Pascual y de José Luis) me miran chispeantes como si fueran dedos luminosos que, unos segundos, después, cuando yo intenté colarme en el baile, saldrán para atajar mi furtivo intento. Nada puedo hacer. Aún soy muy pequeño y me conformo con estar sentado en la silla, oyendo absorto las canciones que el grupo los Imperiales toca arriba, en el piso del bar. La música introduce en mi corazón su lengua transparente, y escucho con emoción la voz de Angel, el vocalista del grupo, interpretando un atractivo tema de Los Mustang. El ritmo que imprime a la batería Alejandro Montes, como un soplo de luna, se introduce por mi médula y la silla en que estoy sentado vibra lenta con la delicadeza de un pájaro en el aire. Me siento tan bien, tan a gusto en ese instante, instalado en esa burbuja de mi infancia, que, por un momento, me olvido de crecer y sólo me centro en la música feliz que los Imperiales desgranan mansamente, a unos pasos de mí, y que ahora es la melodía del grupo The Animal, La casa del sol naciente , y escucho asombrado los rasgueos maravillosos que desgrana Agustín, el guitarra solista del grupo. Y, de nuevo, la voz de Angel, y el embrujo de la batería celeste de Alejandro. E intento otra vez colarme entre la gente que abarrota el bar para subir al baile, pero, de nuevo, Gregorio me detiene. Pido otro polo de fresa y veo a Simón, que en ese preciso instante baja al bar acompañando a mi amigo José Luis Blasco. Simón, generoso conmigo, siempre amable, me invita a subir con él y con José Luis, y en ese segundo me siento casi un príncipe, un niño crecido, ya joven. Tiro el polo y subo al piso de arriba transformado, como si hubiera unas alas en mi interior, para ver de cerca tocar a los Imperiales.

Las canciones se van anudando una tras otra: Amiga mía , Los chicos con las chicas , Los ejes de mi carreta , Molino al viento - Junto a José Luis Blasco Chaves, a un paso del grupo, hilo mi carne a una hermosa melodía. Siento que soy música y que mi cuerpo es un manojo de notas y acordes que vuelan por el aire. Las parejas bailan, se mueven en torno a mí, pero yo no veo a nadie. Mis ojos son arpegios y mi corazón es la luz de una guitarra. Luego acaba el baile y, acompañado por Pascual, saludo a los músicos con muchísimo entusiasmo. José Luis se atreve a tocar la batería. Hace ya cuatro décadas de esto y, sin embargo, parece una imagen tan cálida y tan próxima.

El pasado año han vuelto a reunirse los Imperiales y Pascual Blasco Chaves ha prometido traerlos al pueblo. He hablado de esto con Alejandro, el batería, y me ha emocionado y sorprendido la ilusión de este hombre sencillo que aún siente la magia de la música y me ha hecho retroceder, tocar la noche en que estuve a unos pasos de una gran banda moderna que interpretaba canciones de los Mustang, canciones que dentro de mí se hacían palomas, pájaros de luz que aún siguen cosiendo mi nostalgia.


Alejandro López Andrada,escritor.
Publicado en el Diario Córdoba el Domingo 21 de Febrero de 2010.

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